21.3.16

Inteligência e contemplação

Considerações finais do meu "trabajo de investigación" (exame de qualificação no doutorado, apresentado no segundo semestre de 2007; no original espanhol)

Nota prévia: inseri colchetes explicativos onde aparecem termos técnicos zubirianos (meu doutorado foi uma investigação feita a partir da filosofia de Xavier Zubiri [1898-1983])

El punto de partida para saber el sentido de la vida humana, desde una inteligencia sentiente [para Zubiri, o inteligir e o sentir são, na pessoa humana, duas potências de uma única faculdade], no es la “búsqueda de la verdad” en el sentido de que el hombre estaría “separado” de las cosas y de los demás, sino que es la “presencia de la verdad real”; no es “vivir según la razón”, que es sólo una modulación de la inteligencia, sino “vivir según la verdad real”. En otras palabras, vivir según el presente o donación que la realidad hace de si misma, y que ya es, por y en la co-actualidad [de inteligência e realidade], respuesta grata de la persona, que nada hizo por merecer la donación de la realidad. El ser persona es ser “ya”, desde siempre, “respuesta de gratitud” a la realidad. Es ser “compenetrado” por lo real cósmico y por las demás suidades [para Zubiri, a pessoa é “suidad”, realidade formalmente “sua”]. Es recibir, sin merecer, “todo”, y es no poder no agradecer. El sentido de la vida humana es la gratitud, es el ya empezar “agraciado” y “agradecido”, para sólo después preguntarse “¿donde viene eso?”, con la respuesta anticipada: “desde luego, soy grato, no merezco, y amo a quien sea el Fundamento de todo eso, y me gustaría conocerlo, si posible, pues todo me lo ha dado; sé que lo dado no es mio, es un 'de suyo' [para Zubiri, o “de suyo” é o caráter transcendental de todo conteúdo percebido, que é “de si mesmo”, e não do perceber humano, já no interior da sensação, ficando aberto o que possa ser fora: por exemplo, fótons no caso da luz], que se apodera de mí y me invita a desvendarlo amándole y buscando más y más a sus contenidos y a su Fundamento”.

La contemplación es la capacidad de pararse en la aprehensión primordial [primeira intelecção, que se dá no próprio sentir, que apreende um conteúdo que é “de suyo”, ainda não determinado essencialmente] sin preguntarse por el ser [o “ser” zubiriano é o desdobramento temporal heideggeriano -da realidade e não de um "nada" fundamental-, e não o “ato de ser” tomasiano, que corresponde ao “de suyo”] de la realidad, sin preguntarse por lo real [a coisa real, o conteúdo ou essência reificada pelo "de suyo" ou "ato de ser"], por la esencia individual, para entonces pasar, directamente, de la aprehensión a la fruición del sentimiento afectante [como a inteligência inclui os sentidos, o sentimento espiritual inclui os afetos], porque hemos reconocido que hay, en todo lo real, un “más” a contemplar –que muy dificilmente es visto en nuestras sensaciones y percepciones ordinarias, porque en principio se nos impone obligando a afirmarlo como esto o aquello, en virtud de nuestras necesidades vitales– y a la posesión del bien que es lo real. “Conocer racionalmente” no puede ser ni la esencia de la intelección, porque este conocimiento se monta en la aprehensión primordial, ni el sentido de la vida humana, porque incluso el fin del conocimiento es la nueva unidad del entendimiento con la verdad racional, en la fruición de esta pose más plena de aquello que se tenía de modo incoado. La unidad amorosa entre conocedor y conocimiento y no el “uso” del conocimiento para la vida, es el fin implicado por la intelección sentiente. De ahí, que la persona relativamente absoluta [a pessoa, ao ser “sua”, é “absoluta”, ao ser sua “frente” às demais pessoas e ao real cósmico, é “relativamente” absoluta], profundizando en la verdad real que siempre tiene, llega más y más a auto-poseerse en una “línea”, como le gusta a Zubiri decir, en que ya está desde siempre. Desde el inicio hasta el final hay una seguridad íntima de llegar al Fundamento de todo, que entonces me hará ser absolutamente absoluto, cuando esté poseyendo a Dios y poseído por Él. No se trata de un ir de aqui a allí buscando lo que pueda saciarme, sino de estar constantemente saciándome de las gotas de verdad que en su infinita sabiduría Dios preparó para mí, en una línea que lleva hacia Él.

El gozo estético proporcionado por una obra de arte o por la vista de un paisaje bello, en el cual nos paramos sin preguntarnos por sus partes, sino maravillados, y sin la menor duda de que eso es real, y queriendo lo real por ser real, me parece una prueba incontestable de la aprehensión primordial de realidad de la cual habla Zubiri. La contemplación no es nada más que la capacidad de percibir el poder de lo real [a realidade, o “de suyo”, é um “poder” que domina e funda a vida humana através das coisas e pessoas reais entre e com as quais vivemos] sin necesidad de intelección dual [conceituações e afirmações] y con unas inmediatas fruición y apropiación volitiva sin actividad, que viene como un regalo, sin esfuerzo. Se trata de la máxima actualidad intransitiva, en la cual nos embebemos de la realidad en su poder que trasciende en cada cosa real. Hay plena unidad del espíritu, es decir, plena atención de la intelección primordial, voluntad integra toda aplicada y, en consecuencia, sentimiento estético puro, que constituye la bienaventuranza “natural” del hombre, un breve instante de éxtasis que le pone en comunión con toda la realidad creada –no directamente con el Fundamento– para salir, después de estos momentos en que no se puede quedar mucho, donándose a las personas y a la realidad de los vivientes y del cosmos.

En la mística cristiana, Dios corona este esfuerzo donando la visión beatífica al santo por breves instantes; el místico cristiano se ve a si mismo, a su personeidad ya plenamente poseída en Dios –y no solo a su plena comunión con el poder creado de lo real–, es decir, se ve en el cielo (y ahí ve todas las bellezas de la creación de Dios de una sola vez). El religioso oriental, profundo metafísico conocedor de la aprehensión primordial inefable, se entrena para vivir en este estado de pasividad, pero con dos riesgos co-implicados: el de dejar de reconocer la realidad propia de las cosas, que se convierten en “irreales”, y el de dejar de reconocer la realidad propia, pues cesa la experiencia de “Yoidad” [como Zubiri chama o Ego], una vez que no hay, en algunos breves instantes, necesidad de realización, de volver al tiempo, pues la persona y el plenário poder de lo real –no el poder de ésta o de aquella cosa– se hacen una sola realidad.

Urge encontrar la inteligencia sentiente en la contemporaneidad, porque el solipsismo radical de la Razón moderna alejó a sus intérpretes de la realidad, generando las respuestas teórico-prácticas más absurdas de la historia de la humanidad, que por odio al engaño de la razón concipiente [compreensão moderna da inteligência, enquanto faculdade de conceber as ideias e, por elas, o real] pasaran a someter la inteligencia de las cosas a la vonuntad de poder, a través de sistemas irracionales y odiosos que a todo quisieran abarcar y/o destruir, reinventando la realidad sin los ojos puestos en ella, y sin respectar al outro, y que tuvieran como reacción una nueva “síntesis” caracterizada por aquello que el Papa Benedicto XVI llamó la “dictadura del relativismo”, un individualismo impersonal y despersonalizante, que en nombre de una libertad desarraigada de la verdad y de la moralidad, niega la dignidad de los seres más indefensos y débiles, con la universalización de la práctica más horrenda que el diablo podría sugerir a los seres humanos, la del aborto, la negación de la humanidad del cuerpo, por odio a la matéria que la “conciencia sustantivada” y solipsista no consigue penetrar para reconocer su suidad.

Hay que percibir que los no-nacidos, los pobres, los débiles, los indefensos, que aparentemente tienen “menos” para darnos, son, en realidad, los más “ricos”; en su parca “talidad” [conteúdo real; vem de “tal” realidade] refulge el poder de lo real invitándonos a ser más, a donarmos más, a preocuparnos más, haciendo efectivamente lo que esté a nuestro alcance para que estos reciban de nosotros, ya sea talidades que colmen sus necesidades ya sea la entrega de nuestras mismas suidades, porque estas personas nos han dado lo mejor, que es el poder de lo real clamando por el reconocimiento del rostro de Dios en ellos.




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