Conclusões da tese doutoral
(no original espanhol)
Nota prévia: No artigo
“Introducción al problema de Dios” (1963), Zubiri começa dizendo que a questão
da existência de Deus é a mais fundamental da vida humana, mas que, na
contemporaneidade, antes de demonstrar a existência de Deus, é preciso
“mostrar” que existe tal problema, o qual já não é mais evidente. Então ele
comenta Santo Tomás (S.Th. I, q2a1): o Doutor Angélico, referindo-se a S. João
Damasceno, que dissera que o homem possui um “conhecimento natural” de Deus, explica
que este conhecimento, na realidade, advém do desejo inerente de felicidade,
uma vez que a felicidade é Deus. Mas, diz o Aquinate, trata-se de um
conhecimento similar ao de saber “que alguém vem”, sem que se saiba que “o que
vem é Pedro”, ou seja, Deus não é evidente (como queria S. Anselmo), mas é
preciso demonstrar sua existência. Atualmente, retoma Zubiri, não sabemos nem
mesmo “que alguém vem”! Ele então realiza a análise do fato que ele denominou
“religação”, isto é, a dependência existencial da pessoa humana da realidade
(e, consequentemente, do Fundamento da mesma), o “saber que alguém vem”. Meu
doutorado buscou conectar a estrutura do “problema de Deus” com a estrutura do
“problema da inteligência” segundo Zubiri. Seguem as conclusões.
Religación y Verdad
Intelección y
realidad están co-actualizados porque el hombre vive en la respectividad de lo
real, fundado en su poder: es el hecho de la religación. Una religación de
índole “física” [real] y no “conceptiva”: estoy “con” las cosas reales “en” lo
real. Siempre estoy en su constitutivo poder, bajo su domínio, que nada tiene
de “opresivo”, sino que es un poder liberador, en el sentido de que me va
permitiendo desplegar siempre más y más mi ser relativamente absoluto. La misma
religación es la raiz de mi libertad, la cual empieza siendo libertad “en” la
realidad –libertad “en” Dios en última instancia– para sólo después ser
libertad “de” (coacciones) y libertad “para” (el cumplimiento de los deberes).
El hombre como tal,
el hombre integralmente considerado –y no sólo su “inteligencia”– es, pues,
congénere a la realidad [“nasce junto”, no sentido de que só existe e se
compreende frente à realidade, nos termos zubirianos]. En el estudio filosófico
del hombre no se puede prescindir de la presencia del poder de lo real en la
realidad humana. Cualquier otro problema humano queda insuficientemente
iluminado sin el problema de la fundamentalidad. Si la congeneridad entre
inteligencia y realidad funda el realismo, la consideración más general de la
religación del hombre al poder de lo real funda la realidad misma del hombre.
Por esto, el problema de Dios es el problema del hombre: porque el problema del
hombre es el problema de la fundamentalidad. Sin esta dimensión teologal, todo
discurso sobre lo humano carece de radicalidad y, generalmente, de
autenticidad.
El poder de lo real,
en cuanto es una dimensión formal del “de suyo”, es tan prius como
aquél [ainda que o ponto de partida para conhecer a realidade seja sua presença
na inteligência, nesta presença a realidade/o “de suyo”/o “poder do real” se
apresenta como formalmente anterior ao inteligente]. No es aún la prioridad de
Dios –que es asunto de la intelección racional–, sino la prioridad de aquello
que, presente en la aprehensión, permite llegar a conocer que Dios nos está
fundamentando –además, si Dios fuera aprehendido “en si” en la intelección
primordial [ontologismo], sería “inmanente” al hombre, y no “transcendente” en
él (y en el cosmos). El poder de lo real es la raiz común, en la religación,
del ser del hombre y de las cosas reales, porque las cosas reales van siendo
apropiadas y modificadas por y en la configuración que el hombre hace de si, en
su tensión teologal hacial el fundamento.
La aprehensión del
poder de lo real es principio de la vida religiosa, de la vida formalmente
fundamentada. La religación nos lleva inexorablemente “hacia” la intelección de
lo que sea el fundamento. El apoderamiento nos da la verdad real de la
fundamentalidad de la realidad; hay que buscar su verdad racional, para ver
claramente los contornos de la realidad-fundamento. Por eso el problema
teologal no es arbitrário, optativo o cosa parecida. Incluso el no-preocuparse por él es ya una toma de posición
frente a Dios, que no queda sin consecuencias para la vida del indiferente.
Por no ser
arbitrário, el problema de Dios no es el problema de si hay o no fundamento,
sino de cuál es. Se trata de encontrar racionalmente cuál es la realidad
allende la aprehensión que hace posible la fundamentalidad de la realidad. Ni
el ateo puede negar la fundamentalidad de la vida.
Pero, del mismo modo que es “diáfana” la realidad dada en impresión, es diáfano
el poder de lo real. Si la metafísica general es ciencia de lo diáfano, visión
violenta de lo diáfano, la metafísica teologal es visión violenta de Dios en
todo lo real. No hay esfuerzo que valga más la pena, porque de él depende la
configuración de nuestro ser en Dios, que es nuestra misma realización personal.
Se trata de descubrir a Dios transcendente “en” el mundo, feliz fórmula
zubiriana que concilia y explica la transcendencia y la omnipresencia de Dios.
De la misma manera
que no se puede llegar a conocer verdaderamente lo real obviando la presencia
impresiva de la realidad, no hay posibilidad de conocer a Dios –al Dios
verdadero, del monoteísmo, transcendente e implicado en la realización de la
persona humana–, huyendo del mundo, replegándose sobre si mismo. Aun el que
tenga pretensiones místicas a través de un “vaciamiento” mental, sólo llega a
esta actitud porque partió de la intuición de la existencia del fundamento en
la apertura al poder de lo real, olvidando posteriormente este momento.
Religación y Vía
Si por um lado la
religación es un “hecho”, por otro es “vía”, una “ruta”, que desde el poder de
lo real llega a una concepción de Dios: plenária o deficiente. Si el
“horizonte” es um modo concreto de “familiaridad con las cosas”, la “via” es –o
debería ser– un modo concreto de “familiaridad con Dios”.
La vía, del mismo
modo que el horizonte delimita nuestra percepción de las cosas, delimita
nuestra concreta visión de Dios. Así como sólo es posible el horizonte en
virtud de la congeneridad física [real e não lógica] de inteligencia y
realidad, sólo hay vía filosófica hacia Dios o ruta religiosa en virtud del
hecho de la religación. En la misma línea de lo dicho acerca del horizonte, el
hombre y Dios, o el hombre y el poder de lo real que conduce a Dios, están
siempre “encontrados” y “desencontrados”. Es decir, de modo análogo a la
ceguera intelectual que proporciona el surgimiento del horizonte [que delimita
as possibilidades intelectivas], hay una “ceguera espiritual” que es razón de
que la religación va en una u otra línea. Se trata de un estar “en” el poder de
lo real “sin” este poder. Pienso que ésta es una buena formulación para
designar lo que teológicamente está representado en la noción de “pecado
original” [originado]. Si en la cuestión de la congeneridad el encuentro
originário postulado era “sabiduría”, aqui se trata de la “gracia”, en cuanto
un estado de religación conversiva hacia Dios.
Como en el problema
del horizonte, el hombre se encuentra en medio a las cosas reales “extraño” al
poder de lo real y a Dios que fundamenta este poder. Y desde esta extrañeza
traza las vias intelectuales o religiosas en las cuales conceptúa el poder y
piensa a Dios. La vía trazada es una vía para la “comunión” con Dios, una
comunión que es buscada porque el hombre está constitutivamente religado de
manera privativa a Dios, y necesita llegar a una religación conversiva,
pudiendo, en el camino, desviarse y llegar a una religación aversiva –términos
teológicos de Zubiri. En este camino, todas las realidades con las cuales voy
haciendo mi vida tienen que estar referidas a la idea de Dios que dirige la
configuración de mi ser relativamente absoluto.
Según Zubiri, yo me
voy comprendiendo a la vez que voy comprendiendo a Dios. La respectividad entre
mi persona y el poder de lo real es la causa de que mi idea de Dios esté en la
base de la idea de mi propio ser. Si el horizonte es un prius para
la concepción de inteligencia y realidad, la vía religacional en que me
encuentro dirigido hacia Dios es un prius. En este prius,
es decir, en la luz de la idea de Dios que tengo esbozada, todas las cosas
reales son vistas. Cómo me puede fundamentar cada una de las cosas sólo puede
ser concebido en el interior de una ruta religiosa, en la cual las cosas reales
en su poder me son familiares y extrañas.
Como el horizonte, la
actitud religiosa o la ruta religiosa tomada ante el problema de Dios no tiene
una estructura determinista: si mi actitud o ruta no son las que corresponden a
la debida actitud de fe y a la concepción plenária de la divinidad, y si mi
búsqueda de Dios es sincera, no estoy condenado a permanecer en un posible
error –aunque sólo conozca la verdad plena más allá de esta vida. Y es
necesario decir que hay grados en las actitudes ante al problema de la
fundamentalidad y también en las
mismas rutas religiosas (monoteísmo, panteísmo y politeísmo).
Así, por ejemplo,
habrá um agnosticismo que podría ser llamado “angustiado”, que no agota, en el
fondo del corazón, la llama de uma posible entrega a uma realidad-fundamento
que pueda surgir em la vida del agnóstico. Y podrá haber um agnosticismo
“desesperanzado”, en que su suspensión de la fe no guarda más ninguna tensión
hacia lo absolutamente absoluto –cosa sólo verificable en el último acto de la
vida de lo agnóstico, obviamente.
Dentro de la
indiferencia, habrá una forma de ella que efectivamente no es “frívola”, como
dice Zubiri, sino que implica una, por así decir, “alegría de vivir”, en la cual
el dejarse llevar por “lo que sea” el fundamento, puede topar, en su camino,
con la verdadera realidad-fundamento, descubriendo en ella lo que siempre la
estaba llevando. Pero habrá uma indiferencia “superficial”, cuya
despreocupación significa un caminar torpemente de un lado a outro por
incapacidad de entregarse a realidad alguna.
Ya el ateo podrá
considerar la facticidad de la vida humana como algo que pertenece a cada ser
relativamente absoluto, con lo cual no tiene las puertas de su corazón cerradas
a la comunión con la realidad-fundamento. Pero también podrá considerar que lo
único que es factible es “su propio pueblo” o “su ideologia”, con lo cual no es
que esté lejos de Dios, sino que se apartó de su propia humanidad.
También en las rutas
del pensar religioso podrá haber desvios, y esto incluso dentro del monoteísmo
mismo, que será tanto más verdadero cuanto más se confie exclusivamente en
Dios. Para el panteísmo, por ejemplo, todo es partícipe necesariamente de la
realidad divina, incluyendo la realidad del mal, que entonces tiene que ser
considerada ilusória. Si el panteísta busca purificarse, para purgar la
existencia (supuestamente) ilusória de este mal, no estará distante del Dios
transcendente. Pero si el panteísta interpreta que esta inconsistência del mal
le da el derecho de abrazar todo y cualquier impulso, este panteísmo es una
“gnosis” por la cual el alma ya está perdida.
Religación y Vida
La religación es el
hecho que da inicio a la búsqueda de Dios por diversas rutas y a través de
diversas actitudes. Pero también es la experiencia que se tiene en esta
búsqueda, en la cual Dios me está llevando hacia él. En esta búsqueda yo sé que
“alguien viene”, y además sé que cuando llegue a estar cara a cara con él sabré
“quién es” (“quien viene”). La expectativa vivida en la entrega de la fe, al
ser una apropiación de la verdad personal real de aquél que viene, ya me da la
seguridad de que mi ruta emprendida llegará a buen término.
Un hombre fiel
manifiesta la riqueza de la fe en su totalidad, pone su seguridad en Dios que
permanece siempre fiel, y alcanza su estabilidad y efectividad en la perennidad
divina. Y así va configurando su ser relativamente absoluto en las manos de
Dios. La configuración de mi Yo entregado a Dios constituye la vida en
“gracia”, la vida que asume positivamente la religación constitutiva, que así
se hace religación conversiva. Se trata de un estar formalmente apoderado por
el poder de lo real –o por el Espíritu de Dios, en última instancia– en un
proceso de continuo cambio o renovación de mi mentalidad (metanoia), que
la va conformando a la verdad real de Dios –a su Verbo o Hijo, en última
instancia.
Si la congeneridad
entre inteligencia y “de suyo” constituye un proyecto filosófico (del hombre
como luz de la realidad o de la realidad como luz del hombre), la congeneridad
entre hombre y poder de lo real constituye el mismo proyecto vital en que
consiste la auto-posesión del hombre. Es un lanzarse en dirección a la plenitud
de la vida, del ser, de la verdad, en una palabra, de la realidad, confiado en
que Dios nos acogerá, del mismo modo que un niño se lanza a los brazos de su
padre sin la menor sombra de duda. Es un ir a un Dios que viene, en un
encuentro que trae plenitud.
Si la luz de la
inteligencia no es otra luz que la luz misma de la realidad, la verdadera vida
del hombre no puede ser outra que la Vida divina. De ahí que, en todas las
rutas y actitudes descritas por Zubiri, cabe una bifurcación: de un lado está el sendero de la vida, de la conversión, del amor
a la Realidad Absolutamente Absoluta que nos va haciendo absolutos en Ella; de
otro, está el sendero de la destrucción personal, de la impiedad, de la
aniquilación, por un cierre en si mismo que no reconoce, ni implícitamente, lo
relativo que somos –nuestra “creaturalidad”, en última instancia.
El hombre es
“experiencia de Dios” y Dios “experiencia del hombre”. Lo que hay de común en
esta experiencia es la absolutidad, es el Espíritu de Dios que habita em el
espíritu del hombre justo, aquél que responde a la llamada de Dios y que se
refugia em Él.
Aunque Zubiri
considere que la inquietud de la fórmula de Agustín –“irrequietum cor nostrum,
Domine, donec requiescat in te”– no sea la verdad más radical acerca de la
inquietud constitutiva del hombre –que es la inquietud por ser simpliciter y
no por ser feliz–, pienso que se puede decir que la fórmula del Doctor de
Hipona, más que ser una de las formas en que se presente la inquietud, indica
la resolución de la inquietud. El hombre religioso, que
verdaderamente ha encontrado a Dios, ya no está más inquieto; ninguna
incertidumbre lo convulsiona ya, aún en su estado de viador.

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