Monday, March 21, 2016

“Alguien viene”: El hombre religado a Dios en Xavier Zubiri

Conclusões da tese doutoral (no original espanhol)

Nota prévia: No artigo “Introducción al problema de Dios” (1963), Zubiri começa dizendo que a questão da existência de Deus é a mais fundamental da vida humana, mas que, na contemporaneidade, antes de demonstrar a existência de Deus, é preciso “mostrar” que existe tal problema, o qual já não é mais evidente. Então ele comenta Santo Tomás (S.Th. I, q2a1): o Doutor Angélico, referindo-se a S. João Damasceno, que dissera que o homem possui um “conhecimento natural” de Deus, explica que este conhecimento, na realidade, advém do desejo inerente de felicidade, uma vez que a felicidade é Deus. Mas, diz o Aquinate, trata-se de um conhecimento similar ao de saber “que alguém vem”, sem que se saiba que “o que vem é Pedro”, ou seja, Deus não é evidente (como queria S. Anselmo), mas é preciso demonstrar sua existência. Atualmente, retoma Zubiri, não sabemos nem mesmo “que alguém vem”! Ele então realiza a análise do fato que ele denominou “religação”, isto é, a dependência existencial da pessoa humana da realidade (e, consequentemente, do Fundamento da mesma), o “saber que alguém vem”. Meu doutorado buscou conectar a estrutura do “problema de Deus” com a estrutura do “problema da inteligência” segundo Zubiri. Seguem as conclusões.


Religación y Verdad

Intelección y realidad están co-actualizados porque el hombre vive en la respectividad de lo real, fundado en su poder: es el hecho de la religación. Una religación de índole “física” [real] y no “conceptiva”: estoy “con” las cosas reales “en” lo real. Siempre estoy en su constitutivo poder, bajo su domínio, que nada tiene de “opresivo”, sino que es un poder liberador, en el sentido de que me va permitiendo desplegar siempre más y más mi ser relativamente absoluto. La misma religación es la raiz de mi libertad, la cual empieza siendo libertad “en” la realidad –libertad “en” Dios en última instancia– para sólo después ser libertad “de” (coacciones) y libertad “para” (el cumplimiento de los deberes).

El hombre como tal, el hombre integralmente considerado –y no sólo su “inteligencia”– es, pues, congénere a la realidad [“nasce junto”, no sentido de que só existe e se compreende frente à realidade, nos termos zubirianos]. En el estudio filosófico del hombre no se puede prescindir de la presencia del poder de lo real en la realidad humana. Cualquier otro problema humano queda insuficientemente iluminado sin el problema de la fundamentalidad. Si la congeneridad entre inteligencia y realidad funda el realismo, la consideración más general de la religación del hombre al poder de lo real funda la realidad misma del hombre. Por esto, el problema de Dios es el problema del hombre: porque el problema del hombre es el problema de la fundamentalidad. Sin esta dimensión teologal, todo discurso sobre lo humano carece de radicalidad y, generalmente, de autenticidad.

El poder de lo real, en cuanto es una dimensión formal del “de suyo”, es tan prius como aquél [ainda que o ponto de partida para conhecer a realidade seja sua presença na inteligência, nesta presença a realidade/o “de suyo”/o “poder do real” se apresenta como formalmente anterior ao inteligente]. No es aún la prioridad de Dios –que es asunto de la intelección racional–, sino la prioridad de aquello que, presente en la aprehensión, permite llegar a conocer que Dios nos está fundamentando –además, si Dios fuera aprehendido “en si” en la intelección primordial [ontologismo], sería “inmanente” al hombre, y no “transcendente” en él (y en el cosmos). El poder de lo real es la raiz común, en la religación, del ser del hombre y de las cosas reales, porque las cosas reales van siendo apropiadas y modificadas por y en la configuración que el hombre hace de si, en su tensión teologal hacial el fundamento.

La aprehensión del poder de lo real es principio de la vida religiosa, de la vida formalmente fundamentada. La religación nos lleva inexorablemente “hacia” la intelección de lo que sea el fundamento. El apoderamiento nos da la verdad real de la fundamentalidad de la realidad; hay que buscar su verdad racional, para ver claramente los contornos de la realidad-fundamento. Por eso el problema teologal no es arbitrário, optativo o cosa parecida. Incluso el no-preocuparse por él es ya una toma de posición frente a Dios, que no queda sin consecuencias para la vida del indiferente.

Por no ser arbitrário, el problema de Dios no es el problema de si hay o no fundamento, sino de cuál es. Se trata de encontrar racionalmente cuál es la realidad allende la aprehensión que hace posible la fundamentalidad de la realidad. Ni el ateo puede negar la fundamentalidad de la vida. Pero, del mismo modo que es “diáfana” la realidad dada en impresión, es diáfano el poder de lo real. Si la metafísica general es ciencia de lo diáfano, visión violenta de lo diáfano, la metafísica teologal es visión violenta de Dios en todo lo real. No hay esfuerzo que valga más la pena, porque de él depende la configuración de nuestro ser en Dios, que es nuestra misma realización personal. Se trata de descubrir a Dios transcendente “en” el mundo, feliz fórmula zubiriana que concilia y explica la transcendencia y la omnipresencia de Dios.

De la misma manera que no se puede llegar a conocer verdaderamente lo real obviando la presencia impresiva de la realidad, no hay posibilidad de conocer a Dios –al Dios verdadero, del monoteísmo, transcendente e implicado en la realización de la persona humana–, huyendo del mundo, replegándose sobre si mismo. Aun el que tenga pretensiones místicas a través de un “vaciamiento” mental, sólo llega a esta actitud porque partió de la intuición de la existencia del fundamento en la apertura al poder de lo real, olvidando posteriormente este momento.

Religación y Vía

Si por um lado la religación es un “hecho”, por otro es “vía”, una “ruta”, que desde el poder de lo real llega a una concepción de Dios: plenária o deficiente. Si el “horizonte” es um modo concreto de “familiaridad con las cosas”, la “via” es –o debería ser– un modo concreto de “familiaridad con Dios”.

La vía, del mismo modo que el horizonte delimita nuestra percepción de las cosas, delimita nuestra concreta visión de Dios. Así como sólo es posible el horizonte en virtud de la congeneridad física [real e não lógica] de inteligencia y realidad, sólo hay vía filosófica hacia Dios o ruta religiosa en virtud del hecho de la religación. En la misma línea de lo dicho acerca del horizonte, el hombre y Dios, o el hombre y el poder de lo real que conduce a Dios, están siempre “encontrados” y “desencontrados”. Es decir, de modo análogo a la ceguera intelectual que proporciona el surgimiento del horizonte [que delimita as possibilidades intelectivas], hay una “ceguera espiritual” que es razón de que la religación va en una u otra línea. Se trata de un estar “en” el poder de lo real “sin” este poder. Pienso que ésta es una buena formulación para designar lo que teológicamente está representado en la noción de “pecado original” [originado]. Si en la cuestión de la congeneridad el encuentro originário postulado era “sabiduría”, aqui se trata de la “gracia”, en cuanto un estado de religación conversiva hacia Dios.

Como en el problema del horizonte, el hombre se encuentra en medio a las cosas reales “extraño” al poder de lo real y a Dios que fundamenta este poder. Y desde esta extrañeza traza las vias intelectuales o religiosas en las cuales conceptúa el poder y piensa a Dios. La vía trazada es una vía para la “comunión” con Dios, una comunión que es buscada porque el hombre está constitutivamente religado de manera privativa a Dios, y necesita llegar a una religación conversiva, pudiendo, en el camino, desviarse y llegar a una religación aversiva –términos teológicos de Zubiri. En este camino, todas las realidades con las cuales voy haciendo mi vida tienen que estar referidas a la idea de Dios que dirige la configuración de mi ser relativamente absoluto.

Según Zubiri, yo me voy comprendiendo a la vez que voy comprendiendo a Dios. La respectividad entre mi persona y el poder de lo real es la causa de que mi idea de Dios esté en la base de la idea de mi propio ser. Si el horizonte es un prius para la concepción de inteligencia y realidad, la vía religacional en que me encuentro dirigido hacia Dios es un prius. En este prius, es decir, en la luz de la idea de Dios que tengo esbozada, todas las cosas reales son vistas. Cómo me puede fundamentar cada una de las cosas sólo puede ser concebido en el interior de una ruta religiosa, en la cual las cosas reales en su poder me son familiares y extrañas.

Como el horizonte, la actitud religiosa o la ruta religiosa tomada ante el problema de Dios no tiene una estructura determinista: si mi actitud o ruta no son las que corresponden a la debida actitud de fe y a la concepción plenária de la divinidad, y si mi búsqueda de Dios es sincera, no estoy condenado a permanecer en un posible error –aunque sólo conozca la verdad plena más allá de esta vida. Y es necesario decir que hay grados en las actitudes ante al problema de la fundamentalidad y también en las mismas rutas religiosas (monoteísmo, panteísmo y politeísmo).

Así, por ejemplo, habrá um agnosticismo que podría ser llamado “angustiado”, que no agota, en el fondo del corazón, la llama de uma posible entrega a uma realidad-fundamento que pueda surgir em la vida del agnóstico. Y podrá haber um agnosticismo “desesperanzado”, en que su suspensión de la fe no guarda más ninguna tensión hacia lo absolutamente absoluto –cosa sólo verificable en el último acto de la vida de lo agnóstico, obviamente.

Dentro de la indiferencia, habrá una forma de ella que efectivamente no es “frívola”, como dice Zubiri, sino que implica una, por así decir, “alegría de vivir”, en la cual el dejarse llevar por “lo que sea” el fundamento, puede topar, en su camino, con la verdadera realidad-fundamento, descubriendo en ella lo que siempre la estaba llevando. Pero habrá uma indiferencia “superficial”, cuya despreocupación significa un caminar torpemente de un lado a outro por incapacidad de entregarse a realidad alguna.

Ya el ateo podrá considerar la facticidad de la vida humana como algo que pertenece a cada ser relativamente absoluto, con lo cual no tiene las puertas de su corazón cerradas a la comunión con la realidad-fundamento. Pero también podrá considerar que lo único que es factible es “su propio pueblo” o “su ideologia”, con lo cual no es que esté lejos de Dios, sino que se apartó de su propia humanidad.

También en las rutas del pensar religioso podrá haber desvios, y esto incluso dentro del monoteísmo mismo, que será tanto más verdadero cuanto más se confie exclusivamente en Dios. Para el panteísmo, por ejemplo, todo es partícipe necesariamente de la realidad divina, incluyendo la realidad del mal, que entonces tiene que ser considerada ilusória. Si el panteísta busca purificarse, para purgar la existencia (supuestamente) ilusória de este mal, no estará distante del Dios transcendente. Pero si el panteísta interpreta que esta inconsistência del mal le da el derecho de abrazar todo y cualquier impulso, este panteísmo es una “gnosis” por la cual el alma ya está perdida.

Religación y Vida

La religación es el hecho que da inicio a la búsqueda de Dios por diversas rutas y a través de diversas actitudes. Pero también es la experiencia que se tiene en esta búsqueda, en la cual Dios me está llevando hacia él. En esta búsqueda yo sé que “alguien viene”, y además sé que cuando llegue a estar cara a cara con él sabré “quién es” (“quien viene”). La expectativa vivida en la entrega de la fe, al ser una apropiación de la verdad personal real de aquél que viene, ya me da la seguridad de que mi ruta emprendida llegará a buen término.

Un hombre fiel manifiesta la riqueza de la fe en su totalidad, pone su seguridad en Dios que permanece siempre fiel, y alcanza su estabilidad y efectividad en la perennidad divina. Y así va configurando su ser relativamente absoluto en las manos de Dios. La configuración de mi Yo entregado a Dios constituye la vida en “gracia”, la vida que asume positivamente la religación constitutiva, que así se hace religación conversiva. Se trata de un estar formalmente apoderado por el poder de lo real –o por el Espíritu de Dios, en última instancia– en un proceso de continuo cambio o renovación de mi mentalidad (metanoia), que la va conformando a la verdad real de Dios –a su Verbo o Hijo, en última instancia.

Si la congeneridad entre inteligencia y “de suyo” constituye un proyecto filosófico (del hombre como luz de la realidad o de la realidad como luz del hombre), la congeneridad entre hombre y poder de lo real constituye el mismo proyecto vital en que consiste la auto-posesión del hombre. Es un lanzarse en dirección a la plenitud de la vida, del ser, de la verdad, en una palabra, de la realidad, confiado en que Dios nos acogerá, del mismo modo que un niño se lanza a los brazos de su padre sin la menor sombra de duda. Es un ir a un Dios que viene, en un encuentro que trae plenitud.

Si la luz de la inteligencia no es otra luz que la luz misma de la realidad, la verdadera vida del hombre no puede ser outra que la Vida divina. De ahí que, en todas las rutas y actitudes descritas por Zubiri, cabe una bifurcación: de un lado está el sendero de la vida, de la conversión, del amor a la Realidad Absolutamente Absoluta que nos va haciendo absolutos en Ella; de otro, está el sendero de la destrucción personal, de la impiedad, de la aniquilación, por un cierre en si mismo que no reconoce, ni implícitamente, lo relativo que somos –nuestra “creaturalidad”, en última instancia.

El hombre es “experiencia de Dios” y Dios “experiencia del hombre”. Lo que hay de común en esta experiencia es la absolutidad, es el Espíritu de Dios que habita em el espíritu del hombre justo, aquél que responde a la llamada de Dios y que se refugia em Él.


Aunque Zubiri considere que la inquietud de la fórmula de Agustín –“irrequietum cor nostrum, Domine, donec requiescat in te”– no sea la verdad más radical acerca de la inquietud constitutiva del hombre –que es la inquietud por ser simpliciter y no por ser feliz–, pienso que se puede decir que la fórmula del Doctor de Hipona, más que ser una de las formas en que se presente la inquietud, indica la resolución de la inquietud. El hombre religioso, que verdaderamente ha encontrado a Dios, ya no está más inquieto; ninguna incertidumbre lo convulsiona ya, aún en su estado de viador.


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